En el año 1851, con motivo de la aparición del cólera morbo epidémico en Gran Canaria, las autoridades de Tenerife se alarman y toman toda clase de medidas imponiendo normas con el fin de que la epidemia no invadiera la isla.
Tan pronto se conoce el hecho por la Junta de Sanidad de Las Palmas, en la isla tinerfeña se hace lo posible para impedir todo roce, trato o comunicación con cualquier embarcación de la isla vecina. Era alcalde de Santa Cruz Esteban Mandillo; de Tacoronte, Antonio María Rodríguez.
El hecho sensibiliza a las autoridades y no deja de ser un punto de partida para que en adelante se tome en consideración la importancia de la salud pública.
El suceso da lugar a que se implanten normas como estas:
En otro bando se ordena el aseo de las casas como una de las preservaciones más eficaces para libertarse del contagio y terrible azote que desgraciadamente aflige a la Isla de Canaria, de lo cual está amenazada la isla de Tenerife por su cercanía. En el aseo de las casas se entiende el albeo exterior e interior, por lo recomendado que se halla esta medida en tiempos epidémicos y contagiosos.
En un principio un centenar de personas fue invadido por el cólera, falleciendo 22 en Las Palmas, pero al parecer no se extendió a otros puntos. Más tarde el cólera estaba en 700 personas, sin que se pueda precisar el número de fallecidos.
La vigilancia de la costa de Tacoronte había avistado tres barcos de cabotaje procedentes de Las Palmas, sospechosos de arribar. Eso hace que se redoble la vigilancia de día y de noche, en los tres puntos principales: Guayonge, Puerto de la Madera y Juan Fernández. La vigilancia se reparte entre paisanos y militares (milicianos), se lleva un riguroso control y se dan partes de con o sin novedad, que se envían al gobernador civil, Antonio Halleg. Se avistaron otros barcos. Se produjo una denuncia calumniosa contra Tacoronte por supuesta falta de vigilancia, denuncia falsa que fue defendida por la corporación municipal.
En Tacoronte, año 1852, un grupo de vecinos en representación del pueblo (así funcionaba entonces), suscribe un acuerdo con el doctor Manuel Pérez, médico cirujano de La Laguna. Los vecinos se obligan pagarle 1.000 reales de vellón al trimestre, importe que se repartirá entre los vecinos contribuyentes como si fuera un tributo más. Por cada receta se le pagará además 4 reales vellón.
El médico ha de visitar, recetar y curar una vez por semana, en medicina o cirugía, a todos los enfermos que hubiere, incluso familias de Santa Cruz y La Laguna que acostumbran pasar la temporada de verano en el pueblo, pero no a los de pueblos limítrofes.
El facultativo estará en lo más céntrico de la población, de 9 de la mañana a 4 de la tarde, y en invierno de 9 a 3. Si el problema es grave visitará el domicilio del vecino, y si alguno llamara al médico fuera del horario señalado, debe pagarle 60 reales vellón por cada viaje y facilitarle cabalgadura para el traslado. El acuerdo se suscribe en documento que firman el médico y más de 30 vecinos y el alcalde.

Aparte de lo citado anteriormente, Tacoronte solicita al gobierno civil un facultativo para el pueblo, como necesidad preventiva, que asista una vez por semana con pago de 80 reales vellón anual. Se sabe que en este año Santa Cruz tiene tres grandes boticas y un censo de 13.000 habitantes.
En 1853 la superioridad manda crear la Junta de Beneficencia en Tacoronte, con objeto de establecer en el pueblo un hospital o hijuela de la Cuna de Expósitos. La junta se formaría por el alcalde, el cura, dos regidores, 4 mayores contribuyentes, un médico si lo hay, y en su defecto un practicante, si lo hay.
La junta informará sobre las enfermedades que a su entender fueran las más frecuentes en el pueblo, sobre los medios de asistencia que se emplean para curar a los enfermos pobres, si perecen por tal abandono, si existe cuna de expósitos.
Pero Tacoronte no halla medios para sostener el pretendido establecimiento. Son muchos gastos que no puede sufragar para solo un corto número de enfermos. El pueblo atraviesa malos momentos por la pérdida considerable de las principales cosechas.

Se dieron varias reuniones sobre este tema y el Ayuntamiento informó que las enfermedades más frecuentes eran algunas biliosas ligeras, que el medio para curar a enfermos pobres es el auxilio de los vecinos que siempre han colaborado, que el número anual de enfermos de esta clase podrá ascender entre 6 y 10 que no fallecen por abandono y que nunca han sido conducidos a ningún hospital, pues de 10 en 10 años se da el caso de que acudan a La Laguna una o dos personas por ataque de enfermedad venérea, y que los niños expósitos recién nacidos se llevan a La Laguna. Se añade que no existen medios facultativos ni practicantes, pero sí está Mariano Salazar, que se dedica gratuitamente a curar a toda clase de personas, y Antonio Solís que ejerce la facultad de sangrador.
Desde hace 7 años muchos han emigrado por las calamidades de las cosechas, en una época aciaga con problemas en la agricultura, con incidencia en la papa, esencial para la alimentación. Incluso se pide rebaja de las contribuciones por la situación calamitosa, pero no se concede.
Año 1857. Durante mucho tiempo, los vecinos de Santa Cruz estuvieron autorizados a arrojar basuras al barranco de Santos o a la orilla del mar, para que no se tiraran los desechos a las calles. Los barrancos sirvieron de vertederos hasta 1857, cuando comenzó a plantearse la necesidad de habilitar un espacio específico. También se había permitido (desde 1846) utilizar como vertedero el barranco de Almeida, pero el cauce se atascaba y se convertía en un foco de suciedad e infección para la población.
Así fue que desde 1857 comenzó a prepararse el camino para la creación de un basurero definitivo, y con bastante retraso se dedicó a este servicio un gran terreno en la zona de la ermita de Regla, en lo que más tarde sería un palmeral (Palmétum). No deja de ser el regreso de una situación de degradación a un marco de respeto a la naturaleza.
En 1870 el farmacéutico sevillano Emilio Serra Cruz, nacido en 1803, fue alcalde titular y accidental de Santa Cruz de Tenerife. Tuvo su farmacia en la calle Castillo, 7, cuya casa sigue allí con la misma fachada. Muy implicado en la vida política, vivió 100 años. Tacoronte, ejercicio 1874-1875. Aparece consignado en gastos 1.000 pesetas para un médico (se desconoce el nombre). Aunque no era titular prestaba sus servicios a los vecinos de la población.
Nuevas normas en 1877. No se permite la apertura de sumideros o basureros con salida a la calle, y los que existan serán tapados, consintiéndose solo las aguas de lluvia. Se prohíbe verter aguas, orines y otras inmundicias a las calles, tanto de día como de noche. Todo morador de este pueblo está en obligación de dar parte a la autoridad de cualquier cadáver que halle abandonado. Cuando muera un animal, conducirlo al lugar que designe la autoridad para enterrarlo o quemarlo.
Año 1879. Los médicos canarios tratan de asociarse y celebra sesión la Academia Médico-Quirúrgica de Canarias en la calle Castillo 13 de Santa Cruz de Tenerife. Se elige la directiva que pasa a ser presidida por Ángel María Izquierdo.
El 11 de enero de 1880 se crea la Real Academia de Medicina en Santa Cruz de Tenerife.

En 1881, en Tacoronte se menciona al médico interino Eduardo Mozo y Recio que renuncia al cargo, y tras la publicación de la convocatoria solicita ser médico titular y se le nombra por no haber más opositores; sueldo anual 1.490 pesetas. Este médico había sido alumno del Hospital de la Misericordia de Cádiz y discípulo de la clínica oftalmológica del doctor del Toro.
Consta en 1886 que existe un practicante o cirujano, José Barbuzano y Peraza, del Realejos Bajo, en calidad de interino. Cobra 540 pesetas anuales con obligación de visitar, asistir y curar gratuitamente a los pobres de solemnidad que sean vecinos. Luego aparece que un año después no hay médico ni farmacéutico ni consignación en presupuesto para estos oficios.
En 1888 se incendia el Hospital de los Desamparados que resulta destruido. También estaban en S/Cruz la Casa de Misericordia, la Casa de Huérfanos y la Cuna de Expósitos. El Ayuntamiento de Tacoronte contribuyó con 100 pesetas para reconstruir el centro hospitalario siniestrado.
Una norma de 1890: enjalbegar las paredes de las casas, según el artículo 72 de la ley orgánica. Plazo de 1 mes con multas de 5 a 15 pesetas. Se fijan edictos.
Año 1892. El doctor Febles Campos lanza la idea de dotar a la capital de un manicomio, un centro para locos. Un lugar deprimente.
Año 1893. Una epidemia de cólera morbo asiático se extiende por S/Cruz. El 29 de septiembre había aparecido con patente sucia el vapor italiano “Remo” procedente de América con destino a Génova. Quedó fondeado frente a los Llanos, aislado y vigilado, pero alguien se contagió. La alarma se prendió por todo Tenerife y las otras islas. S/Cruz quedó incomunicado pero esto sirvió de poco.
El cementerio de San Andrés tuvo su origen en esta epidemia con 1.800 personas afectadas, falleciendo 400. S/Cruz tenía 20.000 habitantes. El excelente comportamiento de la ciudad le valió el título de “Muy Benéfica”. La labor durante 3 meses fue ejemplar y extraordinaria.
El pueblo más afectado fue San Andrés, además del barrio Toscal, Los Llanos y El Cabo. El contagio también llegó a Tacoronte, y el gobierno civil envió medicinas y desinfectantes para los pobres que fueron atacados del terrible mal. Por suerte no se incrementó la epidemia. Era profesor médico Rafael Clavijo Estupiñán, solo él. No había farmacia ni veterinario.
Año 1894. Se construye un matadero público, 747,81 pesetas, para evitar el sacrificio de animales en los caminos.
Año 1898. Se crea el Colegio Oficial de Médicos de Canarias. El doctor Agustín Pisaca Fernández (1857-1935 tiene una clínica en la calle de la Marina, Santa Cruz de Tenerife. Este ilustre médico vivió en Tacoronte durante épocas, en la Quinta Dorotea que hizo construir en la calle Amargura, hoy de Sebastián Machado. Dorotea se llamaba su madre. Dos de sus hijos casaron con sendas tacoronteras hijas de Antonio Fariña Rodríguez.

